El teatro que nació muerto

Hay teatros que nacen muertos y nadie lo sabe.

Existen edificios zombies en nuestras ciudades, algunos ciegos, otros sordos… mudos, insociables, minusválidos y otros muertos.

A los que los visitan les gusta pensar que tuvieron mala suerte, que llegaron tarde, que son mayores o que la obra fue mala. Los que trabajan en ellos se consideran mártires, sufridores de la tradición del gremio que se lamenta con orgullo de los gajes del oficio. Los vecinos, aquellos que viven en las ciudades y que tal vez nunca los visitaron, los conocen de vista. Se dividen entre el odio y el amor fanático, pero, sin embargo, nunca fueron conscientes del drama permanente que encierran.

Y es que los teatros, auditorios, óperas, salas de conciertos… no pueden vivir ajenos a las tendencias estéticas, ¿qué nos importa lo que suceda dentro?

Es un microhábitat estable: muertos, sepultureros y plañideras.

Tal vez sea inconsciente compartir lo que sigue. Si el público hace de público, el técnico y artista hacen de mártires y el edificio hace de escaparate…¿por qué señalar al que mató al teatro?

Supongo que porque otro equilibrio es posible. Uno donde el público es un enamorado, los técnicos y artistas son profesionales y el edificio, como el buen vino, un espacio que gana con los años aunque se le arrugue el rostro.

Entonces, ¿quién fue el asesino?

El arquitecto fue, y aún anda suelto, matando otros edificios.

¿Cómo que no nos dimos cuenta?

Porque nunca supimos lo podríamos haber tenido. Existió un momento donde el Teatro podría haber tenido superpoderes pero el arquitecto decidió construirlo con ladrillos de kriptonita.

Como arquitecto hubo un tiempo en el que fui homicida en potencia, aunque se me consideraba totalmente capaz, nadie me dijo lo que podía llegar a hacer. Ahora como consultor y especialista, asisto a diario a los quirófanos. Lugares donde sólo concurren escaparatistas terroristas y políticos. Pocas veces encuentro profesionales, ¿dónde están los hereederos del teatro, los hacedores de los libretos, partituras y coreografías? ¿Por qué se contentan con templetes y mausoleos cuando podrían exigir arquitectura funcional y operativa acorde con nuestro tiempo? Debemos estar presentes.

Pero, ¿qué hacemos con los lisiados de hoy?
Es necesario operar!

Hay curas para casi todo. Existen cirujanos profesionales del audio, del sonido, la mecánica y las nuevas tecnologías. Basta de curanderos que atacan la enfermedad desde un punto de vista subjetivo y una experiencia parcial no contrastada.

Contamos con infinidad de prótesis: plataformas, sistemas de acústica virtual, iluminación allí donde queramos, video proyecciones… elementos que, con criterio, pueden devolver la funcionalidad a los mermados.

Para los que aún están por venir, partamos de lo básico. ¿A qué distancia podemos ver? ¿ A cuál podemos oír y transmitir? ¿Cuánto miden los contenedores de una escenografía? ¿Cuánto nuestro ego? Empecemos ajustando esto último y pidamos consejo.

Los espacios escénicos, como edificios y máquinas donde se produce, subyace una modulación, una métrica. No es lícito apelar a la innovación o al arte como punto de partida cuando hay tanto documentado. Normas que existen desde la Grecia Antigua, violadas por unos padres prepotentes y adolescentes.

Los habitantes no han cambiado, la relación sigue siendo la misma, un proceso sostenible:

Espectáculo > Público >Individuo > Espectáculo

¿El medio? Una atmósfera cambiante cargada de sensaciones, ahí está la Escena y ahí el objetivo.

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